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RIESGO DE DÉFICIT VS VAR: POR QUÉ LAS MÉTRICAS BASADAS EN OBJETIVOS PUEDEN SER MEJORES

Explore la diferencia entre el riesgo de déficit y el VaR, y conozca por qué las métricas de riesgo basadas en objetivos suelen proporcionar una guía más práctica para los inversores a largo plazo.

En la gestión del riesgo de cartera, dos medidas comúnmente discutidas son el Valor en Riesgo (VaR) y el Riesgo de Desapalancamiento. Ambas buscan cuantificar las posibles pérdidas financieras, pero lo hacen con diferentes supuestos subyacentes, horizontes temporales y marcos estadísticos. Si bien el VaR ha sido durante mucho tiempo un elemento básico en los informes de riesgo institucional, la atención se está centrando cada vez más en las prácticas de inversión basadas en objetivos, donde el riesgo de desapalancamiento suele considerarse una medida más adecuada.El VaR estima la pérdida máxima esperada durante un período determinado con un nivel de confianza específico. Por ejemplo, un VaR diario de 1 millón de dólares con un 99 % de confianza significa que hay un 1 % de probabilidad de perder más de 1 millón de dólares en un día. Se utiliza ampliamente en entornos bancarios, comerciales y regulatorios como herramienta para la asignación de capital y la monitorización del riesgo.El riesgo de desapalancamiento, en cambio, mide la probabilidad o el grado de que la rentabilidad no alcance un objetivo o umbral predefinido, a menudo una tasa de rentabilidad requerida para una fecha determinada. En lugar de simplemente evaluar las pérdidas en términos de percentiles, el riesgo de déficit se ajusta mejor a los objetivos de los inversores, especialmente para fondos de pensiones, compañías de seguros o inversores individuales con pasivos distribuidos en el tiempo.

La diferencia crucial radica en su orientación. El VaR es retrospectivo y generalizado; se centra en la volatilidad y las pérdidas pasadas sin tener en cuenta los objetivos específicos del inversor ni las necesidades de liquidez más allá de su horizonte temporal corto. Sin embargo, el riesgo de déficit incorpora índices de referencia específicos del inversor y se centra en la probabilidad de alcanzar los objetivos financieros a largo plazo.

Por ejemplo, a una persona que planifica su jubilación dentro de 20 años podría importarle menos una métrica de VaR de un día o una semana y más la probabilidad de que su cartera tenga un rendimiento inferior al objetivo de rentabilidad necesario para jubilarse cómodamente. Desde esta perspectiva, el riesgo de déficit se centra en los objetivos y es profundamente relevante para la planificación financiera real.

Además, el VaR no logra capturar el riesgo de cola de forma exhaustiva. Las pérdidas extremas que superan el umbral del VaR se ignoran en la práctica. Por el contrario, el riesgo de déficit incorpora naturalmente la exposición a eventos extremos cuando la magnitud del déficit potencial es importante. Esto lo hace más robusto en escenarios con distribuciones asimétricas o patrones de rentabilidad anormales.

A pesar de sus ventajas, el riesgo de déficit requiere una modelización más exhaustiva de los flujos de caja, las distribuciones de rentabilidad y los plazos de los pasivos. Es computacionalmente más exigente y carece de la simplicidad y la estandarización que hacen que el VaR sea estructuralmente atractivo en entornos financieros institucionales.

Sin embargo, a medida que las estrategias de inversión evolucionan hacia marcos basados ​​en resultados, especialmente en la gestión patrimonial y la planificación de la jubilación, las métricas que reflejan las aspiraciones financieras reales, como el riesgo de déficit, están adquiriendo protagonismo. Comprender ambas medidas permite a los inversores e instituciones tomar decisiones mejor informadas, adaptadas a contextos de cumplimiento normativo o de cumplimiento de objetivos.

El riesgo de déficit mide directamente la probabilidad de que una cartera de inversión no alcance un objetivo financiero específico. Esto contrasta con el VaR, que simplemente estima el umbral de pérdida durante un período fijo basándose en la rentabilidad histórica y niveles de confianza definidos. En un panorama de inversión cada vez más orientado a los resultados y objetivos financieros del cliente, esta alineación con los objetivos del inversor es crucial.Las estrategias de inversión basadas en objetivos buscan estructurar las carteras en torno a objetivos específicos, ya sea financiar la educación de un hijo, asegurar ingresos para la jubilación o afrontar pasivos futuros. En estos contextos, comprender el riesgo de déficit permite a los inversores y gestores de activos asignar mejor el capital, centrándose en minimizar la probabilidad de un resultado financiero indeseable. En lugar de simplemente sobrevivir a los peores escenarios estadísticos en horizontes arbitrarios, los inversores se preocupan por cumplir los objetivos definidos.El riesgo de déficit suele representarse como la probabilidad de no alcanzar la rentabilidad mínima requerida o el valor esperado del déficit por debajo de un objetivo específico. Estas formulaciones ofrecen una visión más clara de la idoneidad de la inversión en la planificación prospectiva. Por ejemplo, un fondo de pensiones que aspira a generar una rentabilidad anualizada del 5% durante los próximos 25 años podría utilizar el riesgo de déficit para evaluar si su asignación actual de activos ofrece suficiente protección contra un rendimiento inferior al esperado.

Desde una perspectiva de finanzas conductuales, los inversores tienden a experimentar mayor arrepentimiento y estrés financiero por no alcanzar sus objetivos que por hipotéticas caídas de la cartera. Por lo tanto, utilizar una métrica de riesgo que refleje el resultado práctico de "¿qué pasa si no lo conseguimos?" resulta ser relevante tanto psicológica como financieramente.

Además, el riesgo de déficit es inherentemente personalizable. Permite diferentes horizontes de inversión, umbrales de confianza y supuestos, lo que lo hace adecuado para diferentes niveles de tolerancia al riesgo y planificación estratégica. Esta flexibilidad marca una marcada diferencia con las limitaciones del VaR, que están diseñadas principalmente para satisfacer la uniformidad regulatoria en lugar de las necesidades específicas de cada cliente.

Es importante destacar que un marco basado en el riesgo facilita la planificación dinámica iterativa. A medida que evolucionan las situaciones financieras, los asesores e inversores pueden revisar las probabilidades de déficit para ajustar la combinación de activos, las tasas de contribución o las expectativas de horizonte temporal. Esta adaptabilidad sirve de puente entre la planificación estática y un comportamiento de inversión ágil en el mundo real.

Los inversores institucionales también están incorporando el análisis de déficit en la asignación estratégica de activos. La presupuestación de riesgos que refleja la correspondencia de pasivos en lugar de la tolerancia a la volatilidad responde mejor a la creciente demanda de métricas de rendimiento centradas en los resultados. De este modo, permite cuantificar y gestionar el riesgo desde la perspectiva de la entrega de valor real, no de cuantiles de pérdidas hipotéticas.

En resumen, el riesgo de déficit cierra la brecha entre las matemáticas y el significado. Mientras que el VaR destaca en estandarización y cumplimiento normativo, el riesgo de déficit destaca en relevancia, especialmente para inversores individuales e institucionales que intentan alcanzar resultados financieros predeterminados. Para quienes se preocupan principalmente por "no quebrar", el riesgo de déficit ofrece una descripción más precisa del riesgo de la inversión.

Las acciones ofrecen el potencial de crecimiento a largo plazo e ingresos por dividendos al invertir en empresas que crean valor a lo largo del tiempo, pero también conllevan un riesgo significativo debido a la volatilidad del mercado, los ciclos económicos y los eventos específicos de la empresa; la clave es invertir con una estrategia clara, una diversificación adecuada y solo con capital que no comprometa su estabilidad financiera.

Las acciones ofrecen el potencial de crecimiento a largo plazo e ingresos por dividendos al invertir en empresas que crean valor a lo largo del tiempo, pero también conllevan un riesgo significativo debido a la volatilidad del mercado, los ciclos económicos y los eventos específicos de la empresa; la clave es invertir con una estrategia clara, una diversificación adecuada y solo con capital que no comprometa su estabilidad financiera.

A pesar de su amplia adopción, el Valor en Riesgo (VaR) presenta varias limitaciones que reducen su eficacia en ciertos contextos de inversión, especialmente para inversores orientados a objetivos y a largo plazo. Comprender estas limitaciones ayuda a comprender por qué las medidas de riesgo alternativas, como el riesgo de déficit, pueden ser más adecuadas en muchos escenarios.En primer lugar, el VaR se centra exclusivamente en un intervalo de confianza seleccionado (normalmente del 95 % o 99 %) e ignora lo que se encuentra más allá de este. En la práctica, esto significa que si se produce una pérdida que supera ese umbral, el inversor desconoce su gravedad. Este fenómeno se conoce como el "problema del agujero negro", donde el VaR define el límite, pero no el territorio, de una posible catástrofe.En segundo lugar, el VaR asume distribuciones de rentabilidad que pueden no coincidir con el comportamiento real del mercado. La mayoría de los modelos VaR asumen normalidad o log-normalidad en las rentabilidades, lo que subestima la probabilidad y la gravedad de los eventos extremos. En escenarios de crisis, estos modelos suelen minimizar las pérdidas correlacionadas, lo que agrava los puntos ciegos de riesgo justo cuando más se necesita precisión.

En tercer lugar, el VaR suele malinterpretarse. Muchas partes interesadas creen erróneamente que un VaR del 99 % a un día significa que están protegidos contra pérdidas el 99 % del tiempo, sin apreciar plenamente que el 1 % de los días puede ser catastrófico, y probablemente peor que la propia estimación del VaR. Esta falsa sensación de seguridad puede llevar a una asunción complaciente de riesgos.

En cuarto lugar, el VaR es una medida de corto plazo. No se ajusta bien a los pasivos, objetivos de ingresos ni metas plurianuales. Para los inversores que se preocupan por los resultados reales durante décadas, las estadísticas de volatilidad diarias o semanales ofrecen poca información práctica.

En quinto lugar, el VaR es estático por diseño. Supone relaciones estables entre los factores del mercado durante la ventana de estimación y no tiene en cuenta cambios de régimen, rupturas estructurales ni cambios de comportamiento. Cuando los entornos cambian, los modelos VaR suelen reaccionar de forma insuficiente, ofreciendo cifras de riesgo obsoletas o engañosas.

Por último, el VaR no tiene en cuenta la liquidez de la cartera ni la necesidad de disponibilidad de fondos en puntos futuros predeterminados. Esto es especialmente relevante para jubilados que retiran fondos, dotaciones que financian becas o pensiones que pagan rentas vitalicias. El enfoque del riesgo de déficit en objetivos sensibles al tiempo es inherentemente más compatible con estos requisitos.

Si bien el VaR sigue siendo útil para la elaboración de informes de riesgo estandarizados y la evaluación comparativa, se considera cada vez más insuficiente por sí solo. A medida que la gestión de inversiones evoluciona hacia la personalización, la empatía con las necesidades de los inversores y las estrategias basadas en el horizonte temporal, los marcos de riesgo deben evolucionar en consecuencia.

En este sentido, la combinación del VaR con otras medidas de riesgo, como el VaR condicional, el déficit esperado y el riesgo de déficit claro, puede enriquecer la toma de decisiones. En última instancia, para alejarse de las limitaciones del VaR se requiere una mentalidad que coloque el objetivo del cliente (no solo las normas estadísticas) en el centro del proceso de evaluación de riesgos.

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