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INFLACIÓN DE SERVICIOS: EL COMPONENTE QUE MÁS TEMEN LOS BANCOS CENTRALES

Explore por qué la inflación de servicios es el tipo de inflación más persistente y difícil de controlar, y cómo influye en las acciones de los bancos centrales.

La inflación de servicios se refiere al aumento persistente de los precios de los servicios a lo largo del tiempo, incluyendo sectores como la salud, la hostelería, el transporte, la educación y el ocio. A diferencia de los bienes, que son bienes físicos que suelen producirse en masa e importarse con mayor facilidad, los servicios suelen requerir mayor mano de obra, son menos comercializables transfronterizamente y son más difíciles de escalar con la tecnología a corto plazo. Esto los hace inherentemente más rígidos o más resistentes a las correcciones de precios a corto plazo.La inflación de servicios se calcula como parte del Índice de Precios al Consumidor (IPC) o del Índice de Gastos de Consumo Personal (GCP) en muchos países. Dentro de estos índices, los servicios constituyen un porcentaje significativo —a menudo más del 50%—, lo que refleja su importancia para las economías modernas y el gasto de los hogares. A medida que aumentan los costos de los servicios, pueden ejercer una presión alcista sostenida sobre las cifras generales de inflación, lo que los convierte en un foco central para los responsables de las políticas económicas.Es fundamental que, cuando los bancos centrales evalúan las tendencias de la inflación, diferencien entre la inflación subyacente y la inflación general. La inflación subyacente excluye artículos volátiles como los alimentos y la energía. Dado que los precios de los servicios tienden a cambiar de forma más gradual, pero con mayor durabilidad, contribuyen significativamente a la inflación subyacente. Esto convierte a la inflación de los servicios en una potente señal de los patrones y expectativas de inflación a largo plazo.

Los costes laborales son el principal impulsor de la inflación de los servicios. A medida que suben los salarios, especialmente en mercados laborales con restricciones, aumentan los costes de prestación de servicios. Dado que los servicios son menos susceptibles a la competencia internacional, los proveedores suelen trasladar estos costes a los consumidores de forma más directa. A diferencia de los bienes manufacturados, los servicios no pueden beneficiarse fácilmente de las cadenas de suministro globalizadas ni de los avances en la automatización, lo que hace que estos aumentos de costes sean más estructurales que cíclicos.

En los últimos años, especialmente en el panorama económico pospandémico, la inflación de los servicios se ha convertido en un desafío particularmente abrumador. Ante la persistente escasez de mano de obra en sectores clave de servicios y la rápida recuperación de la demanda de los consumidores, el coste de todo, desde las comidas fuera de casa hasta el cuidado personal, se ha disparado. A los responsables políticos les preocupa que, si la inflación de los servicios se consolida, pueda desencadenar una espiral de precios y salarios —un ciclo de retroalimentación entre salarios y precios—, especialmente difícil de revertir.En última instancia, la inflación de los servicios sirve como prueba de fuego para detectar presiones económicas subyacentes que podrían no ser tan visibles en los sectores de bienes más volátiles. Para los bancos centrales, la inflación persistente de los servicios puede indicar un sobrecalentamiento de la demanda interna y una mayor contracción de los mercados laborales, lo que los impulsa a indicar o implementar un mayor ajuste monetario mediante subidas de los tipos de interés. Por lo tanto, comprender la dinámica de la inflación de los servicios es crucial para anticipar las futuras decisiones de los bancos centrales y las reacciones del mercado.

Controlar la inflación de los servicios es notablemente más complejo que gestionar la inflación de los bienes debido a diversos factores estructurales, demográficos y de comportamiento. Estos elementos, en conjunto, contribuyen a su persistencia, convirtiéndola en una prioridad, pero también en un desafío constante para los bancos centrales que se esfuerzan por mantener la estabilidad de precios.En primer lugar, los servicios requieren, por naturaleza, mucha mano de obra. A diferencia de la manufactura, que puede beneficiarse de la automatización tecnológica, las mejoras de eficiencia y la producción deslocalizada, los servicios suelen exigir un componente humano directo. Un corte de pelo, una visita al hospital o una consulta legal no pueden subcontratarse a un proveedor internacional más económico ni sustituirse fácilmente por máquinas. En consecuencia, cualquier aumento salarial, impulsado por la rigidez de los mercados laborales o el aumento del salario mínimo, se traduce directamente en mayores costes de los servicios. Dado que los cambios demográficos, como el envejecimiento de la población, agravan la escasez de mano de obra, especialmente en los sectores de la salud y la atención a la tercera edad, es probable que persistan las presiones salariales al alza.En segundo lugar, la inflación de los servicios tiende a ser más persistente que la de los bienes. Una caída repentina de la demanda o un aumento repentino de la oferta pueden provocar fluctuaciones rápidas en los precios de los bienes. Sin embargo, los proveedores de servicios son más lentos a la hora de reducir las tarifas debido a los costes operativos fijos y los contratos a largo plazo. Por ejemplo, las tasas de matrícula y las primas de seguros suelen fijarse anualmente o por un período incluso más largo. Por lo tanto, una vez que los precios de los servicios suben, rara vez bajan significativamente, a menos que se vean impulsados ​​por shocks drásticos como las recesiones.Otro factor que complica la situación es la naturaleza relativamente cerrada de los servicios. Mientras que los mercados de bienes son globales, los servicios son locales. Si la inflación interna hace que el precio de los bienes importados pierda competitividad, los consumidores pueden recurrir a alternativas extranjeras con relativa facilidad. En cambio, no es fácil "importar" un corte de pelo o un servicio de guardería. Este aislamiento protege a los proveedores de servicios nacionales de la competencia internacional, lo que les permite mantener precios más altos sin temor a la sustitución.El comportamiento del consumidor también influye. La demanda de muchos servicios, especialmente los esenciales como la sanidad, la educación y los servicios relacionados con la vivienda, es inelástica. Incluso cuando los precios suben, los consumidores siguen necesitándolos, lo que reduce la sensibilidad a los precios y debilita los mecanismos de corrección de precios impulsados ​​por el mercado. Además, la pandemia ha desplazado la demanda hacia el ocio, los viajes y los servicios personales, lo que ha generado una nueva presión en sectores que ya lidiaban con restricciones de oferta.

Los bancos centrales consideran la inflación de los servicios particularmente desconcertante porque las herramientas tradicionales, como los ajustes de los tipos de interés, solo la afectan indirectamente. El aumento de los tipos generalmente modera la demanda de bienes de forma más inmediata a través de los costes de financiación del consumo y la inversión. Sin embargo, en el caso de los servicios, donde las compras suelen realizarse directamente (es decir, no se financian), este canal es menos eficaz. El canal clave para influir en la inflación de los servicios —la desaceleración del crecimiento salarial— tarda más en materializarse y se manifiesta a través de un enfriamiento económico más amplio que, con el tiempo, afecta al empleo y al poder de negociación.

En respuesta a estas dinámicas, los bancos centrales suelen supervisar de cerca los datos salariales, las cifras de empleo y los índices de gerentes de compras (PMI) del sector servicios. Aun así, con las medidas de apoyo fiscal, las tendencias demográficas y los cambios en las preferencias de los consumidores como contrapesos, controlar la inflación de los servicios sigue siendo un reto matizado y cada vez más crucial en el panorama actual de la política monetaria.

Las acciones ofrecen el potencial de crecimiento a largo plazo e ingresos por dividendos al invertir en empresas que crean valor a lo largo del tiempo, pero también conllevan un riesgo significativo debido a la volatilidad del mercado, los ciclos económicos y los eventos específicos de la empresa; la clave es invertir con una estrategia clara, una diversificación adecuada y solo con capital que no comprometa su estabilidad financiera.

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Dada su persistencia y su papel fundamental en la configuración de la inflación subyacente, la inflación de servicios influye significativamente en las decisiones y el tono adoptado por los bancos centrales. A diferencia de las perturbaciones externas puntuales que impulsan temporalmente los precios de las materias primas, la inflación de servicios suele indicar resiliencia económica subyacente o sobrecalentamiento, factores que justifican un escrutinio minucioso por parte de las autoridades monetarias.Los bancos centrales, como la Reserva Federal de Estados Unidos, el Banco Central Europeo (BCE) y el Banco de Inglaterra (BoE), reflejan su creciente interés en la inflación de servicios en sus comunicaciones públicas. En los últimos años, los responsables políticos han destacado con frecuencia los precios de los servicios, en particular en las lecturas del IPC subyacente o el PCE, como métricas clave para determinar las trayectorias de las políticas. Su preocupación radica en la posibilidad de que la inflación de servicios se mantenga, lo que podría consolidar las expectativas de inflación y socavar la credibilidad de los marcos de política monetaria, que suelen basarse en objetivos de inflación del 2%.La principal herramienta para contrarrestar la inflación de servicios es el tipo de interés oficial del banco central. Al aumentar los tipos de interés de referencia, los bancos centrales buscan reducir la demanda agregada, ralentizar la actividad económica y moderar el crecimiento salarial en el sector servicios. Unos tipos más altos encarecen los préstamos, no solo para los consumidores, sino también para las empresas que, de otro modo, invertirían en nuevas expansiones de servicios o en la contratación de personal. Este efecto de enfriamiento reduce gradualmente el poder de fijación de precios de los proveedores de servicios y suaviza las demandas salariales de los trabajadores.

Sin embargo, el efecto de las subidas de tipos es indirecto y de lenta evolución en el caso de los servicios. Esto obliga a los bancos centrales a buscar coherencia y credibilidad. La orientación prospectiva se vuelve crucial: los responsables políticos comunican su intención con claridad para reajustar las expectativas del mercado y la política salarial. Si los hogares y las empresas creen que la inflación se mantendrá alta, actuarán en consecuencia, exigiendo salarios más altos o aceptando precios más altos. Romper este círculo vicioso es clave para controlar la inflación de los servicios a largo plazo.

En algunos escenarios, los bancos centrales también destacan los efectos secundarios. Estos ocurren cuando las subidas iniciales de precios, como el aumento de las facturas de energía, hacen que los trabajadores exijan aumentos salariales, que posteriormente repercuten en los precios de los servicios. Monitorear y gestionar estos efectos es una estrategia central en los marcos de objetivos de inflación. Por ejemplo, el BCE ha citado el aumento de los salarios negociados y los costes laborales unitarios en sus deliberaciones sobre un mayor ajuste monetario.

Las herramientas macroprudenciales también desempeñan un papel complementario. Estas incluyen los requisitos de capital, las normas de concesión de préstamos y las medidas de supervisión. Si bien no están dirigidas específicamente a la inflación, pueden reducir la exuberancia en sectores centrados en servicios, como el sector inmobiliario o el crédito al consumo, que afectan indirectamente los precios de servicios como la vivienda y los seguros.

Las estrategias de comunicación también evolucionan durante períodos de alta inflación en el sector de servicios. Los bancos centrales pueden publicar declaraciones más detalladas, proporcionar datos de inflación desagregados durante las conferencias de prensa e incluso redefinir las métricas fundamentales para transmitir mejor sus perspectivas. Por ejemplo, los bancos centrales podrían centrarse no solo en la inflación subyacente, excluyendo alimentos y energía, sino también en la inflación supersubyacente —excluyendo los rubros ultravolátiles o menos sensibles a las políticas— para afinar su análisis.En resumen, las respuestas a la inflación de servicios son multifacéticas y de largo plazo. Las subidas de tipos por sí solas son insuficientes. El éxito depende de una combinación coordinada de coherencia política, comunicación eficaz para moldear las expectativas y un análisis sólido de datos para anticiparse a los riesgos emergentes. Dado que la inflación de servicios constituye ahora la columna vertebral de la inflación persistente, seguirá siendo central en el discurso monetario durante los próximos años.

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