EL COMPROMISO ENTRE EQUIDAD Y EFICIENCIA EN EL DISEÑO DE POLÍTICAS
Descubra por qué la equidad y el crecimiento a menudo chocan en la configuración de políticas.
La equidad busca garantizar una distribución justa de los recursos económicos, mientras que la eficiencia se centra en maximizar la producción económica a partir de insumos limitados. Ambos objetivos son esenciales, pero a menudo contradictorios. Por ejemplo:
- Impuestos sobre la renta: Aumentar los impuestos sobre la renta puede ayudar a financiar los servicios públicos y reducir la desigualdad, pero las tasas marginales altas pueden desincentivar el trabajo, el ahorro y el emprendimiento.
- Leyes de salario mínimo: Estas pueden mejorar los ingresos de los trabajadores de bajos ingresos, pero también pueden provocar la pérdida de empleos o una reducción de la contratación por parte de los empleadores.
- Subsidios: Si bien fomentan el acceso a bienes o servicios esenciales, los subsidios mal focalizados pueden asignar recursos de forma inapropiada o crear mercados distorsionados.
Sin embargo, la disyuntiva no siempre es inevitable. En muchos casos, un buen diseño de políticas puede reducir la desigualdad con mínimas pérdidas de eficiencia, o incluso mejorar la productividad general. Por ejemplo, las inversiones públicas en educación o salud pueden abordar las disparidades estructurales y mejorar la formación de capital humano, promoviendo tanto la equidad como el crecimiento.
La literatura reciente sugiere que la gravedad de la disyuntiva depende significativamente de cómo se implementen las políticas redistributivas. Los mecanismos de redistribución favorables al mercado, las transferencias focalizadas y los programas compatibles con los incentivos pueden ayudar a conciliar ambos objetivos de forma más armoniosa. En última instancia, una formulación de políticas acertada implica reconocer los objetivos duales, cuantificar las compensaciones y diseñar instituciones y marcos que generen un crecimiento económico inclusivo y sostenido.
Las regulaciones del mercado laboral diseñadas para proteger a los trabajadores, como las leyes de protección del empleo, las indemnizaciones elevadas por despido o las normas de contratación rígidas, pueden actuar inadvertidamente como desincentivos para la creación de empleo. Los empleadores pueden evitar contratar nuevos trabajadores debido a las dificultades asociadas con la adaptación de su plantilla durante las recesiones económicas.
De igual manera, los controles de precios o los subsidios implementados por motivos de equidad, como los topes de alquiler o la energía subvencionada, pueden provocar escasez de suministro, desalentando la inversión y la innovación en sectores cruciales. A largo plazo, estas políticas socavan la sostenibilidad de los modelos de crecimiento.
Otro ejemplo notable son los sistemas de cuotas educativas destinados a crear igualdad de acceso. Si bien buscan nivelar el campo de juego, las cuotas mal diseñadas pueden perjudicar el proceso meritocrático o generar ineficiencias en la formación de habilidades, lo que en última instancia afecta la productividad del mercado laboral.
Además, la redistribución excesiva y las regulaciones igualitarias pueden desincentivar la actividad empresarial y la inversión de capital. Los inversores, recelosos de la reducción de la rentabilidad o la imprevisibilidad regulatoria, pueden desviar el capital a otras áreas. Esta reducción de la inversión productiva puede tener un efecto dominó en toda la economía y reducir las trayectorias de crecimiento a largo plazo.
Sin embargo, muchos economistas advierten que no se debe considerar esta disyuntiva como inmutable. El impacto de las medidas redistributivas en la eficiencia económica varía según su alcance, el momento oportuno y el contexto institucional en el que se implementan. Por ejemplo, las políticas predecibles, basadas en normas y específicas tienden a ser más efectivas en la gestión de ambos objetivos.
El desafío clave es lograr un equilibrio que evite los excesos del mercado sin debilitar los motores del crecimiento. Los responsables de las políticas deben calibrar cuidadosamente cómo se define e implementa la “justicia” para evitar sofocar la innovación y la capacidad productiva y, al mismo tiempo, defender la cohesión social y las oportunidades.
Si bien la equidad y el crecimiento a menudo parecen estar en conflicto, las políticas bien diseñadas pueden promover ambos objetivos. El equilibrio entre equidad y eficiencia no es necesariamente un juego de suma cero. El pensamiento económico moderno reconoce cada vez más que las estrategias de crecimiento inclusivo pueden generar economías más fuertes y sociedades más equitativas.
Las inversiones en educación, atención médica y desarrollo infantil temprano son ampliamente reconocidas como políticas que apoyan ambos extremos del equilibrio. Estas iniciativas reducen la desigualdad a largo plazo al nivelar el campo de juego y, al mismo tiempo, desarrollar capital humano, impulsar la productividad e impulsar el crecimiento. Por ejemplo, el acceso universal a una educación de calidad no solo mejora la movilidad social, sino que también aporta trabajadores cualificados a la economía.
De manera similar, las intervenciones de salud pública (vacunación, saneamiento y nutrición) mejoran la resiliencia de la fuerza laboral y la producción económica, a la vez que promueven la inclusión social. Los sistemas de salud universales que previenen gastos catastróficos de bolsillo brindan a las familias una mayor estabilidad financiera sin socavar la productividad.
Las transferencias monetarias condicionadas (TMC), que vinculan el apoyo social con el comportamiento (por ejemplo, la asistencia escolar o los chequeos médicos), han dado resultados prometedores en los países en desarrollo. Estos programas mitigan la pobreza y la desigualdad, a la vez que mantienen incentivos para la superación personal y la inversión a largo plazo en capital humano.
La política fiscal también desempeña un papel fundamental. Regímenes fiscales eficientes, de base amplia y con mínima distorsión, como los impuestos al carbono o el impuesto al valor agregado (IVA), pueden aumentar los ingresos públicos con una menor disrupción de la actividad económica. Al combinarse con inversiones sociales específicas, estos sistemas pueden reducir la desigualdad y promover un crecimiento ambientalmente sostenible.
Además, las políticas laborales inclusivas, como las prestaciones transferibles, las iniciativas de capacitación y los subsidios a la movilidad, pueden permitir que los trabajadores se adapten a los cambios económicos sin quedar excluidos. Estas medidas promueven tanto el dinamismo laboral como la estabilidad social.
La digitalización y la inclusión financiera ofrecen vías adicionales. Promover el acceso a servicios financieros digitales, infraestructura de internet y emprendimiento en línea puede empoderar a las poblaciones marginadas, ampliar el acceso al mercado e impulsar la innovación desde la base.
En las economías avanzadas, se han explorado los sistemas de servicios básicos universales (SBU) —provisión pública de vivienda, educación, transporte y energía— como medio para mejorar los resultados sociales y la agilidad económica. Los estudios sugieren que los SBU pueden brindar un apoyo fundamental sin reducir los incentivos económicos, especialmente cuando se financian mediante impuestos eficientes o subsidios redirigidos.
Desde una perspectiva macroeconómica, la reducción de la desigualdad excesiva puede, por sí misma, impulsar el crecimiento. Una alta desigualdad exacerba la volatilidad económica, deprime la demanda y alimenta la inestabilidad política, factores que socavan la productividad y la inversión a largo plazo. Por lo tanto, una redistribución moderada puede, de hecho, impulsar, en lugar de obstaculizar, el crecimiento sostenible.
La elaboración de políticas que sean justas y que fomenten el crecimiento requiere una focalización estratégica, evaluaciones rigurosas de costo-beneficio y capacidad institucional. La experiencia internacional demuestra que las economías más exitosas suelen combinar principios de mercado con marcos redistributivos, garantizando así que la prosperidad se genere y se comparta.